Lorenzo Vellardi
La puerta se cerró con un estruendo detrás de mí. Ni siquiera me molesté en mirar si alguien lo escuchó. La casa entera podría derrumbarse ahora que no me movería de aquí. Mis puños estaban apretados, mi pecho palpitaba como si hubiera corrido kilómetros, y el sabor amargo en la boca era todo lo que quedaba de mi intento de fingir que todavía controlaba algo.
Ella me desarma.
Maldición, ella me desarma.
Tiré la copa de whisky con tanta fuerza sobre la cómoda que parte del líqui