El vidrio espejado de la fachada del edificio de la Holding Vellardi & Renzi reflejaba la imponencia de Lorenzo Vellardi como una extensión natural de su imperio. Alto, imperturbable, con el traje italiano impecablemente ajustado a sus anchos hombros, atravesaba el vestíbulo con el andar de quien comanda el mundo.
—Buenos días, señor Vellardi —dijeron al unísono la recepcionista y dos asesores que se inclinaron discretamente.
Lorenzo no respondió. Solo asintió con el mentón, sin apartar los ojo