Isabella Fernandes
La puerta se cerró detrás de mí con un clic apagado, sutil, casi cobarde. Como si hasta ella sintiera vergüenza de lo que acababa de suceder. Permanecí inmóvil durante largos segundos en el centro de la habitación, con el pecho agitado, como si no existiera suficiente aire en el mundo para hacerme respirar otra vez. Mis brazos colgaban a los lados del cuerpo, tensos, pesados como toneladas. Las manos aún temblaban. Los ojos ardían. Pero me negué a llorar.
—No… —susurré para m