La mañana siguiente nació lenta y perezosa en la granja, como si hasta el tiempo hubiera decidido descansar después del intenso y emocionante día del bautismo de Benjamin. El sol invadía el comedor a través de las cortinas de encaje, esparciendo rayos dorados sobre la mesa colocada con todo cuidado. El olor de café fresco, tarta de sésamo aún tibia y pan recién salido del horno se mezclaba con el suave aroma de frutas y leche caliente.
María, siempre atenta, circulaba entre los lugares, sosteniendo la jarra de café con destreza, mientras que Antonella ayudaba a Aurora a pasar mermelada en el pan. La niña, animada como siempre, esparcía más mermelada en sus dedos que en su propio pan, y se reía a carcajadas cada vez que la abuela limpiaba con una servilleta sus pequeños dedos pegajosos.
— Aurora, despacio, mi flor... — decía Antonella, riendo. — Si sigue así, vamos a necesitar un baño antes del almuerzo.
— Pero es que está tan bueno, abuela! — respondió la niña, mostrando la sonrisa ma