El sol ya se despedía en el horizonte cuando Lorenzo e Isabella cruzaron el pasillo de flores bajo una lluvia de pétalos, recibiendo aplausos, abrazos y sonrisas. El cielo estaba pintado de tonos naranjas, rosados y dorados, y la hacienda parecía envuelta en una atmósfera mágica, como si todo el universo se hubiera reunido allí para bendecir aquel amor.
A medida que se acercaban a las mesas dispuestas sobre el césped, los invitados los seguían detrás, aún comentando emocionados los votos que acababan de escuchar. El caramanchón iluminado con pequeñas luces centelleantes recordaba a un cielo estrellado en miniatura, y el contraste con las flores del campo que decoraban las mesas creaba un escenario digno de un cuento de hadas.
Maria, con el delantal todavía atado a la cintura, se secaba las manos en el paño bordado mientras observaba la escena desde lejos, orgullosa. A su lado, Dona Flora sonreía satisfecha, como quien veía ante sí un sueño antiguo finalmente hecho realidad. La nieta h