Denisse se sentó frente a Sam con una carpeta abierta entre ambos. El sol de la tarde se filtraba por las ventanas de la oficina, iluminando el espacio con una calma engañosa. Afuera, la academia seguía su ritmo habitual: risas lejanas, pasos pequeños corriendo por los pasillos, voces de profesores llamando a sus grupos.
—Quiero que tengas claro tu rol desde el principio —dijo Denisse, apoyando los codos sobre el escritorio—. Aquí no solo buscamos enseñar. Buscamos cuidar.
Sam asintió con atención absoluta, sin interrumpirla.
—Tu trabajo será acompañar a los niños que lo necesiten, detectar cambios emocionales, apoyar a los maestros y, sobre todo, ser un punto seguro para ellos. No quiero diagnósticos fríos ni etiquetas rápidas.
—No creo en eso —respondió Sam con firmeza—. Los niños no son expedientes. Son personas pequeñas, pero completas.
Esa respuesta relajó algo en el pecho de Denisse.
—También trabajarás de cerca conmigo —continuó ella—. Y habrá momentos complicados. Estamos expu