El edificio de la empresa se alzaba frente a Denisse como siempre: imponente, pulcro, frío.
Cristal y acero reflejaban el cielo gris de la mañana, y por un momento, antes de bajar del auto, ella se permitió cerrar los ojos y respirar profundo. El aroma de la ciudad, mezclado con el leve olor metálico del concreto húmedo, la devolvió a una parte de sí misma que conocía demasiado bien.
Aquí no era la niñera de Fred.
Aquí no era la mujer enamorada.
Aquí era la directora.
Y necesitaba estar enfocada.
Acomodó su abrigo sobre los hombros y caminó con paso firme hacia la entrada. El sonido de sus tacones resonó en el mármol del vestíbulo, marcando un ritmo que le resultaba reconfortante. La seguridad la saludó con respeto, y ella respondió con una leve inclinación de cabeza.
—Buenos días, señora —dijo uno de los guardias.
—Buenos días —respondió con una sonrisa profesional.
El ascensor la llevó hasta su piso habitual. Mientras subía, su reflejo en el espejo la observaba con atención: el cabe