Dos meses después.
El jardín de la mansión no mostraba ni una sola cicatriz de la noche en que la guerra había llegado a su puerta. Donde antes había escombros por la bomba de Mione, se alzaba una fuente esculpida, con el agua cristalina cantando bajo el sol de la tarde napolitana.
Nicolo había hecho que plantaran distintos tipos de flores para su futura esposa. Estas llenaban el aire con su aroma dulce, borrando cualquier rastro del peligro pasado.
Elisabetta se miró en el espejo de cuerpo en