El cambio llegó con la luz.
Durante tres días, la cabaña había estado sumida en una penumbra grisácea, atrapada bajo el peso de la tormenta y la fiebre. Pero esa mañana, Aurora se despertó no por el frío, sino por un rayo de sol cálido que le daba directamente en la cara.
Se incorporó en el suelo, donde había montado su guardia nocturna envuelta en mantas. Su cuerpo protestó con crujidos de rigidez, pero su mente se aclaró al instante. El sonido del viento había cesado. El aullido constante que