El amanecer llegó con un silencio que dolía. No era la quietud pacífica de las mañanas anteriores, donde la nieve amortiguaba el mundo para protegerlos, sino un silencio denso, cargado de finalidad, como el aire que precede a la caída de una guillotina.
Aurora abrió los ojos antes de que la luz grisácea tocara la ventana. Lorenzo ya no estaba en la cama. El lado vacío del colchón estaba frío al tacto, una señal inequívoca de que él llevaba horas despierto, preparándose para dejar de ser el hom