Isabella estaba de pie en el centro de su habitación, era amplia y sofisticada pero no era la principal, le recordaba que allí ya no significaba nada. Se sentía encerrada en un sofisticado calabozo. Lo odiaba.
La decisión de Lorenzo la había exiliado de su punto de operaciones, y el tiempo se agotaba. En menos de setenta y dos horas estaría fuera de la mansión, despojada de la proximidad a su objetivo.
La furia y la frustración la consumían, pero rápidamente las canalizó en una concentración h