La calma en la mansión era engañosa. Era como la superficie lisa de un lago profundo donde, en el fondo, se mueven corrientes violentas.
Elisabetta y Nicolo cenaban en el comedor principal. La mesa larga de caoba los separaba, pero la distancia emocional se había acortado drásticamente. No había velas ni música, solo el tintineo de los cubiertos contra la porcelana y el sonido de la lluvia golpeando los ventanales blindados. Una tormenta había estallado sobre Nápoles, reflejando el estado de án