La mañana seguía opaca, con el cielo cubierto de nubes que no dejaban pasar más que un resplandor grisáceo. En la habitación, Isabella se había quedado junto a los niños, inclinada hacia ellos con una ternura nerviosa que parecía no encajar del todo.
—Mis tesoros, cuánto los extrañé… —susurraba, intentando acariciarles el rostro.
Matteo la observaba con esa seriedad con que observaba a los desconocidos. Sus ojos oscuros, tan parecidos a los de Lorenzo, permanecían fijos en ella, pero su cuerpo