El sedán negro permaneció inmóvil unos segundos que parecieron eternos, con el motor ronroneando como una advertencia gutural. Luego, sin encender las luces, dio marcha atrás lentamente y se perdió en la oscuridad del puerto, desapareciendo en las sombras.
Parecía que solo había sido una intimidación. Un recordatorio de que los ojos de la ciudad nunca se cerraban.
Matteo no relajó los hombros. Guardó el arma en la parte trasera de su cintura, pero su mandíbula seguía tensa, marcada por esa calm