Marcus se despertó antes de que saliera el sol, con Laila acurrucada en su pecho y Melissa dormida de lado, abrazada a un peluche. Esa paz —esa luz tenue que entraba por la ventana— era lo más parecido al paraíso que había conocido en toda su vida. Y justo por eso, sabía que no iba a durar. La calma era un préstamo que el mundo rara vez concedía dos veces.
Aun así, se permitió un minuto más. Un minuto para memorizar el peso de Laila sobre él, la calidez de su vientre, los latidos suaves que par