El amanecer llegó antes que el sol.
Una claridad pálida se filtraba entre las cortinas del penthouse y la ciudad parecía contener el aliento, como si también esperara el comienzo de algo. Marcus ya estaba de pie, con la camisa arremangada y la taza de café a medio beber sobre la barra de la cocina. La casa olía a pan tostado y a la lluvia que se había quedado dormida en los ventanales. Revisaba su reloj cada tres minutos, no porque la puntualidad de Laila estuviera en duda, sino porque odiaba n