Marcus regresó a la casa cuando el cielo empezaba a oscurecer. El coche avanzó despacio por la calle tranquila, como si el mundo no tuviera idea de lo que estaba en juego dentro de ese vehículo. Los gemelos dormían profundamente en sus asientos, agotados después de haber mamado, después de haber sentido a su madre de nuevo, después de haber sido reconocidos por un cuerpo que los reclamaba sin palabras. Marcus los miró por el espejo retrovisor y sintió algo que no había sentido en semanas: calma