Marcus regresó a la casa cuando el cielo empezaba a oscurecer. El coche avanzó despacio por la calle tranquila, como si el mundo no tuviera idea de lo que estaba en juego dentro de ese vehículo. Los gemelos dormían profundamente en sus asientos, agotados después de haber mamado, después de haber sentido a su madre de nuevo, después de haber sido reconocidos por un cuerpo que los reclamaba sin palabras. Marcus los miró por el espejo retrovisor y sintió algo que no había sentido en semanas: calma real. No alivio. No esperanza. Calma.
Había dejado a Laila con el pecho aún húmedo de leche, con los brazos vacíos pero el cuerpo lleno. No se despidieron como dos personas que se separan. Se miraron como dos que sabían que la separación era una forma de ataque, no de abandono. Marcus había salido de ese encuentro distinto. Más centrado. Más frío. Más peligroso.
Entró a la casa sin encender todas las luces. No quería anunciar nada. Clara estaba en la sala, sentada en el sillón, con el teléfono