Marcus entró a la casa con el cuerpo cansado y la mente alerta, cargando a uno de los gemelos contra su pecho. El bebé estaba tranquilo, con la mejilla apoyada en su hombro, respirando con esa calma absoluta que solo tienen los recién nacidos cuando se sienten seguros. El otro ibatón había quedado con la niñera por unas horas; Clara había insistido en “salir a despejarse” y Marcus no había preguntado nada. Fingía normalidad. Fingía confianza. Fingía que no le importaba.
La casa estaba en silencio.
Demasiado silencio.
No el silencio habitual de una tarde tranquila, sino ese vacío que se siente cuando alguien se va con prisa o con intención de no ser visto. Marcus cerró la puerta con cuidado, ajustando al bebé en su brazo, y avanzó unos pasos más dentro. Lo primero que notó fue el olor. No era Clara. No era el aroma que ella usaba para fingir elegancia. Era algo más genérico, más barato… y mezclado con otro olor masculino que no pertenecía a la casa.
Se quedó quieto.
Respiró hondo.
No r