Marcus entró a la casa con el cuerpo cansado y la mente alerta, cargando a uno de los gemelos contra su pecho. El bebé estaba tranquilo, con la mejilla apoyada en su hombro, respirando con esa calma absoluta que solo tienen los recién nacidos cuando se sienten seguros. El otro ibatón había quedado con la niñera por unas horas; Clara había insistido en “salir a despejarse” y Marcus no había preguntado nada. Fingía normalidad. Fingía confianza. Fingía que no le importaba.
La casa estaba en silenc