La habitación donde Laila permanecía internada olía a desinfectante y silencio. El pitido constante del monitor cardíaco era lo único que confirmaba que seguía entre la vida y la muerte. Su rostro estaba pálido, inmóvil, cubierto de vendas delicadas. Parecía dormida, pero no había nada de pacífico en ese sueño forzado. Era el cuerpo de una mujer luchando, suspendido en un lugar donde el tiempo no avanzaba y el dolor no existía… pero tampoco la conciencia. Y Evelyn estaba ahí cada día, sentada e