En la enorme ciudad donde creció Lysandra Ardenne, el invierno no solo se sentía en la piel: se instalaba en los huesos y en el carácter de las personas. Las casas eran lujosas, extremadamente blancas, con techos resistentes y vistosos. La de los Ardenne estaba al final de la calle, inclinada levemente hacia un costado, como si incluso la estructura hubiera perdido la voluntad de mantenerse erguida. Era una casa que luchaba por mantenerse en pie dado que nadie la había logrado restaurar, eso re