A las ocho de la mañana, la casa ya no parecía el mismo refugio sitiado por la tormenta de la noche anterior. La luz entraba amplia por las ventanas del salón, iluminando las paredes antiguas y el suelo de madera que todavía conservaba la humedad del aire reciente. El olor a lluvia persistía, mezclado con el aroma suave de leche tibia y mantas limpias.
En el centro de la habitación, sentado en el viejo sofá que Bruma había insistido en conservar pese a los años, Kael sostenía a sus hijos.La esc