Lysandra cerró con llave el antiguo escritorio de la bruja y se dejó caer contra la pared, como si el peso de la noche finalmente hubiera decidido aplastarla. El cuarto todavía conservaba el aroma seco de hierbas, cera vieja y libros antiguos. Allí había buscado respuestas tantas veces desde que Bruma murió. Allí había intentado encontrar una forma de proteger a sus hijos. Y ahora, allí estaba, llorando sin dignidad, golpeando el suelo con el puño, maldiciendo su suerte. Rogaba que sus niños no