El viento del mar nunca descansaba en ese pueblo.
Entraba por las calles angostas, se colaba entre las casas bajas y golpeaba las ventanas de la antigua casa grande como si quisiera entrar. Lysandra ya se había acostumbrado a ese sonido constante. A veces lo sentía como compañía; otras, como un recordatorio de todo lo que había dejado atrás.
La perfumería estaba abierta desde temprano. El cartel de madera, gastado por la sal, crujía levemente cada vez que el viento lo tocaba. Adentro, el aire er