La noche había caído sobre la Manada de Hierro con una calma engañosa. El viento movía apenas las copas de los árboles, y en la mansión todo parecía en orden, como si el mundo no estuviera a punto de quebrarse.
Lysandra estaba en el despacho, revisando papeles sin realmente verlos. Desde que Kael había salido con Sebastian, una inquietud constante le oprimía el pecho. No era miedo concreto, sino esa sensación densa de que algo esencial se había desacomodado.
El destino tenía esta forma de avisa