6

Habían pasado varios días desde el episodio con los médicos, aquel ataque de pánico que casi logró que Lysandra huyera.

Días extraños, de silencios cuidados y miradas que no preguntaban nada, pero lo decían todo. El futuro no era seguro, pero sin dudas era posible.

Esa mañana, Lysandra respiró hondo antes de salir de la mansión. Kiki caminaba a su lado, atenta, como si temiera que en cualquier momento el mundo volviera a romperse bajo sus pies. Kael había insistido en que, durante esos primeros días, no estuviera sola. No como una orden, sino como una promesa de sostén.

—Solo hasta que te sientas cómoda —le había dicho Kiki con una sonrisa suave.

El auto avanzó por los caminos internos del territorio hasta detenerse frente a un edificio amplio, moderno y rodeado de árboles altos. Voces infantiles llenaban el aire.

—¿Aquí… estudian los niños de la comunidad? —preguntó Lysandra, sorprendida.

—Sí —respondió Kiki—. Es la escuela de la manada.

La palabra volvió a resonar rara en sus oídos, pero Lysandra no dijo nada.

Desde la reja, observaron cómo los niños salían en pequeños grupos. Padres y madres los esperaban con abrazos, besos en la frente, risas suaves. Era una escena simple… y profundamente ajena para ella.

—Es increíble que tengan una escuela tan grande aquí —comentó Lysandra—. Parece más completa que muchas de la ciudad.

Kiki asintió, aunque su expresión se volvió un poco más seria.

—Es una escuela estricta. Además de las materias comunes, se enseña disciplina, autocontrol… y defensa personal.

Lysandra la miró, intrigada.

—¿Defensa personal?

—Por si ocurre algún disturbio en el territorio —respondió Kiki con naturalidad—. Somos una comunidad muy particular. Nuestras costumbres vienen de antiguos ancestros.

Otra respuesta que no explicaba nada… y, al mismo tiempo, parecía ocultarlo todo.

Antes de que Lysandra pudiera preguntar más, una figura pequeña salió corriendo entre los niños.

—¡Lysandra!

Nyra se lanzó directo a sus brazos, rodeándole el cuello con fuerza.

—Me alegra verte bien —dijo la niña, apretándola—. Y que hayas venido a buscarme… aunque ya soy grande.

Lysandra sonrió, conteniendo un nudo inesperado en la garganta.

—Eso es discutible —intervino Kiki—. Alguien siempre debe venir a buscarte. Nunca se sabe cuándo puede haber peligro.

Nyra rodó los ojos con exageración.

—Siempre dicen eso.

Lysandra rió suavemente, pero la escena despertó un recuerdo que no había pedido.

Por un instante volvió a ser una niña rodeada de lujos, vestidos caros y salones enormes… pero invisible. Todo el amor estaba destinado a su hermano mayor, el heredero, el orgullo del apellido. Él debía llevar el nombre a lo más alto. Leon Ardenne.


Cuando fracasó, cuando el juego y las deudas lo devoraron, la frustración no cayó sobre él.

Cayó sobre ella. Toda la injusticia y la maldad de esa gente que decía ser su familia.

Sacudió el pensamiento cuando Nyra tomó su mano.

—¿Vamos?.... ¿Podemos ir caminando?

—Claro...

Caminaron juntas por el sendero que rodeaba la escuela. El aire cambió. Más denso. Más cargado.

Entonces lo vio.

Un campo amplio se abría entre los árboles, marcado por líneas en la tierra. Varios hombres entrenaban bajo la supervisión de uno solo. Kael Voryn. Se suponía que los hombres debían estar listos para cualquier imprevisto en cuanto a la seguridad del lugar, todo muy organizado y sospechoso....

Tenía el torso desnudo, la piel cubierta de transpiración, los músculos tensos mientras corregía posturas y movimientos. Su voz grave se imponía sin necesidad de gritar. Los jóvenes lo obedecían con una mezcla de respeto y algo más… instinto.

Lysandra se detuvo sin darse cuenta; realmente no quería hacerlo, pero era más fuerte que ella.

Había algo en él que no era solo físico. Era la presencia. La manera en que ocupaba el espacio. Como si no fuera un hombre… sino una bestia contenida bajo piel humana.

Kael alzó la vista en ese instante.

Sus ojos se encontraron.

El mundo pareció reducirse a ese segundo. Él se quedó quieto, respirando hondo, como si la hubiera sentido antes de verla. Lysandra sintió ese cosquilleo familiar, esa electricidad silenciosa recorriéndole el pecho, una sensación que no podía controlar y que la estaba poniendo en apuros ante su jefe.

Nyra sonrió, satisfecha.

—Papá siempre entrena a esta hora.

Lysandra tragó saliva, sin poder apartar la mirada.

Esto era casi una trampa

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El golpe seco resonó en el campo de entrenamiento.

Uno de los jóvenes se movía con torpeza, respirando demasiado rápido, los puños cerrados con una fuerza que no correspondía al ejercicio. Sus ojos habían cambiado: el color dorado brillaba con un filo peligroso.

Todos se apartaron, dejando al muchacho acomodarse.

—Control —ordenó Kael, con voz firme—. Deben hacerlo... pueden hacerlo.

Pero el muchacho no escuchó; su instinto lo envolvía, alejándolo de sus propias órdenes.

Un gruñido bajo escapó de su garganta y, en un parpadeo, se lanzó contra el oponente frente a él con una violencia desmedida. Los demás retrocedieron de inmediato una vez más.

—¡Kael! —exclamó alguien.

Kael reaccionó en un instante. Cruzó el campo como una sombra, interceptando al joven antes de que pudiera causar daño. Lo sujetó del cuello y del brazo, girándolo con una fuerza brutal y precisa, obligándolo a caer de rodillas contra la tierra.

—¡Mírame! —rugió—. ¡Respirá!

El muchacho temblaba, los músculos tensos, como si algo dentro de él quisiera romper la piel. La trasformacion se hacia evidente.

Lysandra dio un paso atrás, el corazón golpeándole el pecho. El miedo la atravesó… pero no fue solo miedo. Fue otra cosa. Una presión incómoda, una angustia ajena que parecía rozarle la piel. Un sentimiento que entendía y comprendía, casi como conociendo la cura. 

Sin pensarlo, avanzó.

—Lysandra… —murmuró Kiki, alarmada—. Van a despedirme en cualquier momento...

Pero ya era tarde.

Cuando ella se acercó, algo cambió.

El joven comenzó a respirar más despacio. El temblor disminuyó. El gruñido se apagó hasta convertirse en un sollozo ahogado. Kael lo sintió bajo sus manos.

Alzó la vista de golpe.

Lysandra estaba allí, a pocos pasos, pálida pero firme. Sus ojos no mostraban terror, sino una extraña compasión. Como si entendiera exactamente lo que el muchacho estaba sintiendo.

—Está bien —susurró ella, sin saber por qué—. Ya pasó.

El joven se derrumbó por completo, agotado, la frente apoyada en la tierra.

Kael soltó lentamente la presión. El silencio cayó pesado sobre el campo.

Sebastián apareció a su lado. El aura de la muchacha había cambiado o simplemente emanaba de ella algo tranquilizador que lograba en los lobos un estadio de paz y tranquilidad, algo particular para quien aparentaba ser una humana sin lazos con los licantropos.

—No fue casual —dijo en voz baja—. No puede serlo...

Kael no respondió. No apartaba la mirada de Lysandra.

Ella se dio cuenta entonces de lo que había hecho… o de lo que había provocado. El miedo llegó después, tardío.

—Yo… no quise… —balbuceó.

Kael se incorporó y caminó hacia ella. Cada paso suyo parecía cargar el aire de electricidad. Se detuvo frente a Lysandra, demasiado cerca.

—No hiciste nada mal —dijo con voz grave—. Pero no debiste acercarte, recuerda mis palabras no vuelvas a acercarte a ninguno de nosotros en este estado, puede ser muy peligroso para ti.

—Lo siento —respondió ella, bajando la mirada—. Me asustó verlo así.

Kael alzó su mentón con dos dedos, obligándola a mirarlo.

—A mí me asusta que puedas salir lastimada; aquí nos cuidamos demasiado y un error, bueno, ya te lo expliqué... —confesó.

Sus ojos se desviaron apenas hacia Sebastián, que observaba la escena con una mezcla de respeto y certeza.

—Vamos a adelantar la cita médica —ordenó Kael—. Hoy.

Lysandra tragó saliva.

—¿Pasa algo malo?

Kael la miró como si la respuesta fuera demasiado grande para decirla en voz alta.

—No —dijo al fin—. Creo que ya estás lista para atravesar la situación; además, yo estaré allí.

Lysandra se quedó desconcertada; sentía que había hecho algo mal y todos la miraban diferente por eso.

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