Los Ardenne regresaron al anochecer.
El auto no tan lujoso ya, se detuvo frente a la mansión familiar, y bastó una sola mirada para saber que algo estaba mal. Las luces interiores estaban encendidas, pero de un modo antinatural. Una ventana rota colgaba como una herida abierta. La puerta principal estaba apenas entreabierta.
—No me gusta esto… —murmuró Lilian Ardenne, aferrándose al brazo de su esposo.—Tengo miedo, Daniel...llamemos a la policía....no entremos por favor...
—No me toques, maldic