El viaje de regreso a la Manada de Hierro fue largo, silencioso al principio, como si ambos necesitaran aprender a respirar otra vez en presencia del otro sin el temor constante a perderse.
El bosque se extendía a ambos lados del camino. Para Kael, cada curva era familiar; para Lysandra, un territorio nuevo que, sin saber por qué, sentía cercano. El cielo estaba cubierto, pero no pesado. Era una calma expectante. El viaje de vuelta presentaba la oportunidad para conocer más al lobo, después de