Lysandra despertó con el murmullo del viento y un perfume dulce envolviéndola.
Abrió los ojos lentamente, esperó los gritos o insultos de Iris pero no llegaron.
Sobre ella se extendía un campo infinito de flores amarillas, meciéndose como un mar dorado bajo la luz tibia del sol. El cielo era claro, demasiado tranquilo para lo que recordaba.
—¿Estás bien?
La voz la sobresaltó.
Lysandra giró la cabeza con dificultad. Una mujer estaba de pie a su lado, observándola con calma. Tenía el cabello oscu