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El apellido Ardenne alguna vez había abierto puertas.
A sus veinticinco años, Lysandra Ardenne caminaba por el camino de tierra con una mochila vieja colgada del hombro. El bosque la rodeaba como un animal atento, silencioso. Bajo la ropa ancha que había elegido a propósito, su cuerpo guardaba marcas que no pertenecían al pasado: moretones amarillentos, otros recientes, cicatrices mal disimuladas.
Había sido criada entre lujos.
La fortuna desapareció.
Y con él, la obligación.
Damián Kovrek había sido la solución de su familia. Joven, millonario, intocable. En público, encantador. En privado, brutal. Decía que la cuidaba mientras le rompía el cuerpo. Decía que la amaba mientras la obligaba a callar.
Hasta que Lysandra huyó.
El aviso lo había visto en un diario doblado, olvidado sobre una mesa grasienta de estación de servicio:
SE BUSCA NIÑERA
Residencia privada
Bosque del norte
Pago inmediato
Nada más.
No preguntó. No dudó.
El lugar al que llegó no parecía un barrio común. Las casas estaban separadas, pero había una lógica invisible entre ellas. Presencias. Vigilancia. Ojos que observaban sin mostrarse.
La mansión principal se alzaba más adelante.
No llegó.
—Así que es aquí donde pensabas esconderte...
La voz le heló la sangre.
Antes de que pudiera girarse, una mano la tomó del cabello y la lanzó contra el suelo. El impacto le sacó el aire. El dolor fue inmediato, familiar.
—¿Pensaste que podías huir de mí? —escupió Damián.
El primer golpe le nubló la vista. El segundo la dejó sin fuerzas. Lysandra se encogió, cubriéndose la cabeza, pero él no se detuvo. La insultaba mientras golpeaba. La tierra húmeda se mezcló con sangre.
Entonces escuchó una voz.
—¡Para!
Aguda. Firme. Desesperada.
Una niña salió corriendo desde entre los árboles. Tendría seis o siete años. Cabello oscuro, ojos claros, salvajes.
—¡Déjala! —gritó, poniéndose delante de Lysandra.
Damián rió.
—¿Y tú quién eres?
La niña no retrocedió.
—No la toques.
El empujón fue brutal. La niña cayó de espaldas.
El sonido que rompió el aire no fue humano.
Un rugido profundo, antiguo, atravesó el bosque.
Pasos. Muchos. Demasiados.
Hombres surgieron entre los árboles, rodeándolos en segundos. Se movían como un solo cuerpo. No hablaban. Observaban.
Y entonces él apareció.
Alto. De presencia aplastante. Ojos dorados encendidos por una furia contenida. El bosque pareció inclinarse ante su paso.
La niña se levantó y corrió hacia él.
—Papá…
Eso fue suficiente.
—Retírate —ordenó el hombre con una voz baja, mortal—. Ahora.
Damián levantó las manos, sonrió nervioso.
—No sabía que era territorio privado… pero no me pienso ir sin ella.
Retrocedió un paso. Luego otro.
Y sacó el arma.
El disparo no llegó a salir.
El Alfa se movió más rápido de lo que la mente humana podía procesar. Un segundo después, Damián yacía en el suelo, el cuello roto, los ojos abiertos en una mueca final.
No hubo piedad.
Solo justicia salvaje.
La mujer no vio nada.
Lysandra ya estaba inconsciente.
El Alfa miró el cuerpo un instante. Luego dio la orden.
—Limpien esto.
Los lobos obedecieron sin preguntar; un humano había venido a amenazarlos a su territorio con un arma .La situacion era extraña.
Él se acercó a la mujer caída. Su respiración era débil. Su cuerpo, cubierto de marcas.
Algo en su pecho se tensó, su instinto le hablaba en un idioma claro, pero por el momento el hombre se negaba a escuchar, no podia ser verdad esa sensacion de desesperacion que lo invadia.
el hombre la cargo en sus brazos sientiendo descargas electricas que lo alertaban en solo una cosa, esa mujer no era cualquier mujer para él.
La niña se aferró a su brazo.
—¿Está viva?
—Sí —respondió él—. Y lo estará; mandaré a buscar los mejores médicos.
Lysandra despertó envuelta en calor.
Sábanas limpias. Un aroma extraño, a bosque y a hogar. Su cuerpo dolía, pero no estaba rota. Lo que más le llamó la atención fue aquel silencio, un silencio de hogar tranquilo, algo que no había experimentado hacia mucho tiempo.
—Se despertó —dijo una voz suave.
La niña estaba sentada cerca de la cama.
—Soy Nyra —sonrió—. Papá dijo que no te asuste.
La puerta se abrió.
El hombre entró. Sin violencia. Sin prisa.Con un semblante completamente nuevo.
—Mi nombre es Kael Voryn —dijo—. Estás en mi casa, quiero que estés tranquila.
El silencio en la habitación era espeso, casi incómodo.
Lysandra seguía sentada en la cama, con las manos apoyadas sobre las sábanas. El cuerpo le dolía, pero había algo más intenso que el dolor: la sensación de estar rodeada por secretos que no le pertenecían… y que aun así la envolvían.
La puerta se abrió sin golpearse una vez más.
El hombre que entró era distinto al Alfa, pero compartía algo de su presencia. Más joven, más ágil, con una mirada alerta que no descansaba nunca. Su postura era respetuosa, pero firme.
—Alfa Kael —dijo—. Tenemos que hablar.
El Alfa giró apenas la cabeza.
—Habla.
El recién llegado sostuvo un papel doblado entre los dedos. Avanzó hasta quedar a su lado y lo desplegó con cuidado, como si ese simple gesto pudiera alterar el equilibrio del lugar.
—Esto estaba en el bolsillo de su mochila.
Lysandra reconoció el papel al instante.
El anuncio.
El mismo que había arrancado del diario con manos temblorosas.
El Alfa lo tomó, lo leyó en silencio. Algo en su expresión cambió. No fue sorpresa. Fue confirmación.
—Eso explica por qué estaba aquí —continuó el hombre—. Creo que… venía por esto.
El Alfa alzó la vista hacia Lysandra.
—¿Es cierto?
Ella dudó solo un segundo. Luego asintió.
—Sí. Vine por el trabajo. El aviso… —tragó saliva—. No sabía quién vivía aquí Solo necesitaba irme de donde estaba.
Nadie habló durante unos segundos.
Fue Lysandra quien rompió el silencio.
—Yo… —su voz salió más baja—. ¿Puedo preguntar algo? Sé que no debería, pero...
El hombre que había traído el papel tensó la mandíbula. El Alfa no respondió de inmediato.
—Pregunta.
Ella respiró hondo.
—Lo que vi afuera… —sus dedos se cerraron sobre la sábana—. Cuando ese hombre… cuando Damián sacó el arma… —levantó la vista, directa—. ¿Es cierto que ustedes se transformaron en lobos? pude verlo antes de que todo se pusiera negro.
El aire cambió.
No fue algo visible, pero todos en la habitación lo sintieron. Miradas cruzadas. Mandíbulas tensas. Silencio absoluto.
Nadie respondía.
La niña, que había estado sentada en una silla cerca de la cama, se levantó de un salto y se acercó a Lysandra.
—Tal vez fue el golpe —dijo rápido, con una sonrisa forzada—. Papá dijo que te lastimaste la cabeza. A veces uno ve cosas raras cuando se golpea fuerte; sé que alguna vez me pasó.
Lysandra miró a la niña. Luego, lentamente, volvió a mirar al Alfa.
No insistió.
—Puede ser —dijo al fin.
Bajó la vista. Cuando volvió a hablar, su voz ya no tenía miedo, a pesar de estar rodeada de hombres tan imponentes.
—Sea lo que sea… gracias.
Todos la observaron.
—Ese hombre me hizo daño durante años —continuó—. Me siguió, me controló, me rompió… —respiró hondo—. Hoy sé que no va a volver. Y eso… eso no tiene precio.
Levantó la vista, decidida.
—No los voy a molestar. No voy a decir nada. Nadie me va a creer igual. Me iré tranquila.
El hombre del papel miró al Alfa.
No dijo nada.
No hizo falta.
Kael Voryn sabía lo mismo que su Beta: no podían dejarla ir.
No con esa información.
El Alfa dio un paso al frente.
—No te irás.
Lysandra se tensó.
—Yo—
—No por la razón que piensas —la interrumpió—. Escúchame.
Hizo un gesto hacia el papel que aún sostenía.
—Buscamos una niñera para mi hija. Alguien que viva aquí. Bajo nuestras reglas. Con protección absoluta. De momento nadie había llegado hasta aquí; creímos que el puesto quedaría vacante, y en serio necesito ayuda con este diablillo de aquí al lado.
—Heyyyyy —exclamó la niña.
La miró fijamente.
—El puesto sigue disponible. Si lo quieres.
Lysandra parpadeó.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Después de todo esto…?
—Precisamente después de todo esto.
El silencio volvió a instalarse.
Lysandra miró a la niña, que la observaba con ojos brillantes. Miró la habitación. El lujo sobrio. La calma que no había sentido nunca.
Y por primera vez en años, nadie la estaba obligando.
—Sí —dijo, y una sonrisa pequeña, casi incrédula, apareció en su rostro—. Sí, quiero.
La niña soltó un pequeño grito de alegría.
—¡Bien! —corrió a abrazarla sin pedir permiso—. Sabía que ibas a decir que sí.
El Beta soltó el aire lentamente.
—Entonces está decidido —dijo—. Bienvenida.
Lysandra no vio la mirada que Kael intercambió con él.
Una mirada cargada de certeza.
Porque el Alfa sabía la verdad.
Desde el momento en que la había cargado inconsciente en sus brazos.
Lysandra Ardenne no era solo una humana perdida.
Era su mate.
Y ahora que la había encontrado…







