Mundo ficciónIniciar sesiónLysandra recorría el bosque sin saber qué camino tomar; todo la confundía, jamás había estado allí, aunque no podía evitar sentirse atraída por el lugar.
Un aullido cercano la descolocó, algo había sentido su presencia alli.
—Lobos —susurró mientras adelantaba sus pasos; si no se apuraba, nadie la ayudaría.
Las raíces de un árbol enorme la hicieron caer fuerte, perdiendo el sentido del equilibrio.
El sonido de ramas quebrándose la paralizaron.
Apenas movió su cabeza hacia el corazón oscuro del bosque, pudo verlos con claridad.
Unos ojos amarillos enormes se acercaban lentamente.
Los ojos no parpadeaban.
Eran grandes, amarillos, demasiado conscientes. No pertenecían a un animal común. Lysandra intentó retroceder, pero su cuerpo no respondía. Las raíces del árbol parecían haberse enredado también en sus tobillos, sujetándola al suelo húmedo.
Otro aullido rompió el aire, más cercano. Más profundo.
Las sombras comenzaron a moverse.
Primero uno. Luego otro. Luego muchos.
Lobos enormes emergieron entre los troncos, sus cuerpos oscuros deslizándose con una elegancia aterradora. No corrían. No atacaban. Caminaban, como si supieran que no había escapatoria.
—No… —susurró Lysandra, con la garganta seca.
Intentó gritar, pero el sonido murió antes de salir. Su corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho. Uno de los lobos se adelantó, más grande que los demás. Su pelaje era negro como la noche sin luna, y sus ojos dorados ardían con una inteligencia que la heló.
El lobo se detuvo frente a ella.
Inclinó la cabeza.
Lysandra sintió algo imposible: no ira, no rabia… reconocimiento.
—No me mires así —quiso decir, pero sus labios no se movieron.
El lobo dio un paso más. Sus garras se hundieron en la tierra a centímetros de su mano. Ella cerró los ojos, esperando el dolor, la mordida, el final.
Pero no ocurrió.
En cambio, el lobo levantó el hocico y aspiró su aroma. Un gruñido bajo vibró en su pecho, no amenazante, sino profundo, cargado de algo primitivo.
El bosque entero respondió.
Los otros lobos se acercaron formando un círculo. Lysandra estaba atrapada en el centro, temblando. Las sombras parecían cerrarse sobre ella, el aire volverse espeso, caliente.
—Eres mía —dijo una voz.
Lysandra abrió los ojos de golpe.
El lobo negro comenzó a cambiar.
Los huesos crujieron. La carne se estiró. El pelaje retrocedió como humo absorbido por la piel. En segundos, frente a ella ya no había una bestia, sino un hombre.
Alto. Desnudo de la cintura para arriba. La piel marcada por cicatrices antiguas. Ojos dorados idénticos a los del lobo.
Kael.
—No —jadeó Lysandra—. Esto no es real.
Él se arrodilló frente a ella, a la altura de sus ojos.
—Me llamaste —dijo con una voz grave que parecía vibrar en su sangre—. Aunque no lo sabías.
—Yo no… yo solo quería huir.
Kael alzó una mano, pero no la tocó.
—El bosque no deja ir a quienes reconoce.
Los lobos comenzaron a transformarse también, rodeándolos ahora como hombres. Todos observaban en silencio, expectantes.
—Tienes miedo —continuó Kael—. Pero no de nosotros.
Lysandra sintió un nudo en el pecho.
—Tengo miedo de que me rompan otra vez.
Los ojos de Kael se oscurecieron.
—Eso no volverá a pasar.
El suelo bajo ella comenzó a temblar. Las raíces que la atrapaban se aflojaron, pero ahora eran manos las que la sostenían. Manos cálidas. Firmes. Protectoras.
Kael finalmente la tocó.
El contacto fue un incendio.
Su piel reaccionó como si siempre hubiera estado esperándolo. Un calor desconocido le recorrió el cuerpo, despertando algo que no sabía que existía.
—Eres mía —dijo él, con voz baja, peligrosa—. Y yo soy tuyo.
Lysandra quiso negar, quiso huir, quiso decir que no pertenecía a nadie.
Pero el bosque rugió.
La luna apareció entre las ramas, enorme, blanca, observándola.
—Despierta—susurró Kael cerca de su oído—. Todavía no estás lista para esto.
El aullido final fue ensordecedor.
Lysandra se incorporó de golpe en la cama, empapada en sudor, el corazón desbocado.
La habitación estaba en silencio.
Demasiado silencio.
Se llevó una mano al pecho, intentando calmar la respiración. Había sido un sueño. Solo un sueño.
Pero entonces lo sintió.
Un aroma a bosque, a tierra húmeda… y a algo más.
Protección.
La puerta estaba entreabierta.
Y del otro lado, alguien respiraba.
Kael.







