El domingo amaneció luminoso en la Manada de Hierro.
El sol se filtraba entre las copas de los árboles y el jardín parecía respirar calma, como si nada malo pudiera ocurrir allí. Nyra corría entre los arbustos persiguiendo mariposas, su risa clara resonando como un canto infantil que hacía olvidar, por un instante, las tensiones que se acumulaban en silencio.
Lysandra y Kiki la observaban desde un banco de piedra.
—Mírala… —susurró Lysandra—. Parece tan libre, ha vuelto a sonreír...
Kiki sonrió