El domingo amaneció luminoso en la Manada de Hierro.
El sol se filtraba entre las copas de los árboles y el jardín parecía respirar calma, como si nada malo pudiera ocurrir allí. Nyra corría entre los arbustos persiguiendo mariposas, su risa clara resonando como un canto infantil que hacía olvidar, por un instante, las tensiones que se acumulaban en silencio.
Lysandra y Kiki la observaban desde un banco de piedra.
—Mírala… —susurró Lysandra—. Parece tan libre, ha vuelto a sonreír...
Kiki sonrió con ternura.
—Nyra siempre ha sido así. Cuando corre, es como si el mundo no pudiera tocarla; es una loba, después de todo....
Hubo un silencio breve, denso. Lysandra bajó la mirada, entrelazando los dedos con nerviosismo.
—Como te decía... —Lysandra continuó la charla.
La loba giró apenas el rostro, atenta, sin interrumpirla.
—Damian —comenzó Lysandra, con la voz quebrada— era mi prometido. Decían que era un buen partido… que iba a devolverle a mi familia la fortuna y el prestigio que habían p