Adrián
Reviso unos documentos en mi despacho, aunque hace varios minutos que mi mirada no se detiene en ninguna línea. Las palabras se vuelven borrosas, se mezclan, pierden sentido. Mi madre me llamó temprano, como siempre, con esa insistencia casi tiránica que la caracteriza. Quiere conocer a la nueva niñera, esta noche porque no puede creer que ya llevé tres semanas trabajando y no haya dejado su puesto tirado. Y, por supuesto, ya reservó una cena en el restaurante más exclusivo de la ciudad.