ADRIÁN
El postre queda a medio comer, olvidado sobre la mesa, como si ya no perteneciera a esta noche.
Luciana y Joseph Bennet.
Sus abuelos.
Ambos lloran desconsolados, aferrados al marco como si en él sostuvieran lo último que les queda de su hija. No hay palabras capaces de contener tanto dolor acumulado durante años. Solo sollozos rotos, culpa, ausencia… todo desplomándose de golpe ante una verdad cruda que los alcanza sin previo aviso.
Bianca se refugia en mí. Su cuerpo tiembla y la aprieto contra mi pecho, firme, protector. Puedo sentir su miedo recorriéndola por dentro: el temor de ser rechazada, de no ser suficiente, de perderlos incluso ahora.
—¿Crees que hice lo correcto? —me susurra, frágil.
Tomo su rostro con cuidado, limpio sus mejillas húmedas con mis pulgares y dejo un beso lento en su coronilla.
—Está bien —le digo en voz baja—. Hiciste lo correcto.
Los ancianos se levantan. Rodean la mesa con pasos inseguros y, sin pedir permiso, se aferran a Bianca como si temieran qu