BIANCA
Terminamos riendo cuando me cuentan algunas anécdotas de mamá, y el ambiente se vuelve mucho más liviano que hace un rato. La tensión se disipa poco a poco, como si el aire por fin se permitiera circular.
Tenía miedo de lo que podía pasar. De que se enfadaran. De que me rechazaran. De que me pidieran irme. Fue un riesgo que decidí correr, aun cuando estuve a punto de desmayarme por todo lo vivido.
Ahora, la mesa de centro está cubierta de fotografías. De ellos jóvenes. De mi madre pequeña, luego niña, adolescente… y finalmente mujer. Ver su vida desplegada frente a mí me aprieta el pecho de una forma extraña, hermosa y dolorosa a la vez.
Joseph se acerca a Adrián y estrecha su mano con firmeza.
—Estoy orgulloso de que seas su marido —le dice—. Te conozco desde niño. Eres un buen hombre… cuídala y apóyala, porque lo que viene para ella no será fácil. Y quién mejor que tú para estar a su lado.
No comprendo del todo a qué se refiere, pero Adrián sí. Lo noto en la forma en que asie