BIANCA
Camino por la calle buscando el lugar. Entro a un pequeño restaurante y me siento en una mesa junto a la ventana. Pido algo simple, casi por inercia. El hambre aparece tarde, como todo desde que me fui.
La puerta se abre y el sonido de la campanilla me hace alzar la vista.
Aurora entra con Austin en brazos.
Me pongo de pie de inmediato. No necesito decir nada. Ella me observa un segundo —mi ropa, mi bolso, mi expresión— y lo entiende todo. Se acerca y me abraza con fuerza, como si quisiera sostenerme para que no me quiebre ahí mismo. Luego me pasa al niño y lo estrecho contra mi pecho, llenándole el rostro de besos, aspirando su olor como si fuera oxígeno.
—Bianca… —dice con cuidado—. No me digas que… ¿se acabó?
Asiento, limpiándome las lágrimas que ya no logro contener.
—La tenía sentada en sus piernas —logro decir—. La besaba…
La voz se me quiebra. Aurora me toma la mano y me escucha sin interrumpir mientras le cuento todo: el almuerzo con Matthew, la trampa, el video, las fo