BIANCA
Nos levantamos a desayunar. Son cerca de las diez de la mañana, aunque tuve que obligar a Adrián a que saliéramos de la cama; se rehusaba, quería seguir tendido, y cuando Austin se trepó entre nosotros y quedó justo en medio, hasta yo tuve que hacer un esfuerzo para no quedarme ahí. Todo se sentía demasiado cómodo. Demasiado bien.
Dejo a Austin en su silla y tomo asiento en la mía. Adrián entra al comedor con una sonrisa de oreja a oreja, tan distinta a la tensión de hace unas horas que