BIANCA
Nos levantamos a desayunar. Son cerca de las diez de la mañana, aunque tuve que obligar a Adrián a que saliéramos de la cama; se rehusaba, quería seguir tendido, y cuando Austin se trepó entre nosotros y quedó justo en medio, hasta yo tuve que hacer un esfuerzo para no quedarme ahí. Todo se sentía demasiado cómodo. Demasiado bien.
Dejo a Austin en su silla y tomo asiento en la mía. Adrián entra al comedor con una sonrisa de oreja a oreja, tan distinta a la tensión de hace unas horas que resulta imposible no notarlo. Las chicas de la cocina nos sirven el desayuno con rapidez, como si nada estuviera fuera de lugar.
Carla ya está sentada.
No dice nada, pero me mira. Lo hace con ese gesto cargado de desdén que ya aprendí a reconocer… y a ignorar. No es la primera vez que alguien me observa así, como si yo ocupara un sitio que, según ella, le pertenece.
Sospecho que la incómoda nuestra demora. Que se pregunta qué estuvimos haciendo para bajar tan tarde. La idea casi me provoca una s