BIANCA
Son las seis de la mañana cuando llego a la mansión. Me quedé a dormir en casa de Aurora; Victoria también se quedó con nosotras y, entre las tres, nos vamos a apoyar. No estoy sola. No esta vez.
Mi móvil vibra y el mensaje de Victoria aparece en la pantalla.
—“Recuerda: de ahora en adelante le harás probar de su propia medicina” —escribe, seguido de un emoticón de risa malvada.
Mi mano suda un poco al leerlo. Porque, aunque por fuera me muestre segura, por dentro estoy nerviosa. Respiro hondo antes de introducir la llave en la cerradura.
Entro.
Dejo el abrigo y, en el salón principal, lo veo.
Adrián está dormido en el sofá, con la cabeza apoyada en una mano. Viste su pijama y tiene una cobija encima, mal acomodada, como si se hubiera rendido antes de lograr ponerse cómodo. La imagen me aprieta el pecho más de lo que esperaba. No se ve imponente, ni fuerte, ni en control. Se ve humano. Cansado y Vulnerable.
Camino despacio, cuidando de no hacer ruido. Cuando llego a su lado, me