BIANCA
La noche es helada. Estoy de pie, esperando que el vehículo haga la señal y pase por mí. Caminé durante media hora, y no me arrepiento. En estos momentos, utilizar algo que sea de Adrián —incluso el vehículo que me obsequió— es algo que no puedo hacer. Siento que nada de lo suyo me pertenece. Que nunca me perteneció.
Sigo confundida. Demasiado confundida como para haber aguantado un minuto más en esa casa. Verle la cara a esa estúpida… y a Adrián, por otro lado, con ese rostro de “no sé cómo disculparme”. Apenas llegó ayer y ya logró desatar el caos. El día que había resultado perfecto terminó convertido en un desastre.
El automóvil parpadea con las luces y se detiene frente a mí. Me subo al asiento del copiloto, frotándome las manos para entrar en calor.
—¿Dónde iremos? —pregunto, con la voz más cansada de lo que quisiera.
—Donde encuentres apoyo… a casa de Aurora —responde Victoria, sin rodeos.
Asiento en silencio y emprendemos el rumbo hacia la casa de Aurora.
Llegamos de so