BIANCA
Pasamos una tarde preciosa. Después del almuerzo salimos a caminar y terminamos en el parque: él tendido sobre el prado, con la cabeza reposando en mis piernas, y Austin jugando a su alrededor, riendo cada vez que lograba llamar su atención.
Quien nos viera pensaría que somos la familia perfecta.
Y la verdad es que… lo parecemos.
—¿Hace cuánto no te tomabas un día así de relajado? —le pregunto—. Desde que te conozco, solo te he visto trabajar y trabajar.
Y creo que antes era incluso peor, porque siempre estaba de mal humor. O al menos eso era lo que escuchaba murmurar a las empleadas.
—Creo que desde antes de la muerte de mi padre, todo era mas relajado —responde—. Después de que falleció y me hice cargo de la empresa, nada volvió a ser igual. Me dediqué solo a trabajar.
Hace una pausa.
—Y luego llegó Austin… pero, aun así, a veces me sentía culpable.
Alza la mirada hasta encontrar la mía.
—Aunque gracias a ti, todo se ha hecho mucho más llevadero.
Sus palabras me aprietan el p