ADRIAN
—Adrián —jadea Bianca—, se te hará tarde.
No contesto. Le devoro la boca como única respuesta.
Soy el jefe. Llego a la hora que se me da la gana… y más aún si estoy haciendo algo que disfruto tanto.
Mi móvil vibra sin parar. A regañadientes me incorporo. Justo hoy, el único día que decido llegar tarde, ya hay dramas.
—¿Problemas? —pregunta.
—Lo mismo de siempre —respondo.
—En ese caso —dice poniéndose de pie—, no te haré perder más tiempo.
Su cuerpo desnudo vuelve a encenderme. Toma su ropa y se viste con una calma deliberada, consciente de que la observo. Entonces algo cambia: levanta la mirada y me sonríe de forma provocadora.
—Me estás haciendo querer dejar mi trabajo tirado y cogerte de nuevo.
Ella ríe y, sin decir nada más, se dirige a su habitación.
Cuando bajo, ya está sentada a la mesa. Su cabello aún está húmedo y lleva ropa cómoda. Mi mirada se detiene en su mano izquierda… en su dedo anular, que se encuentra vacío. Donde debería estar el anillo con el que la desposé.