BIANCA
Aurora llamó para avisar que mañana traerá a Austin, y aquí estoy con Adrián en la cocina, sentados uno frente al otro, sin mucho que decir. El silencio no es incómodo, pero sí cargado de algo que no termino de entender.
Estoy nerviosa, y ni siquiera sé por qué. Apenas nos besamos.
Aun así, es como si mi mente se negara a soltar la idea de que hay algo más ahí, algo latente, expectante. Suspiro y dejo caer la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el respaldo de la silla, mirando el techo como si allí pudiera encontrar respuestas. Necesito ordenar lo que siento, ponerle nombre a este nudo en el pecho.
Adrián se mueve primero. Se pone de pie con calma, como si también estuviera buscando una excusa para romper la quietud.
—¿Qué quieres comer? —pregunta.
Me es inevitable no recorrerlo con la mirada. Lleva un pantalón deportivo y una polera negra que le sienta demasiado bien, marcándole el cuerpo con una naturalidad peligrosa.
—No lo sé… no tengo hambre aún —respondo, aunque ni yo m