La oscuridad no fue silencio.
Fue un rugido contenido, como si el internado entero hubiese inhalado y olvidado cómo exhalar.
Clara abrió los ojos, pero no veía nada. Ni siquiera sus propias manos. El vacío era tan espeso que parecía tener peso, hundiéndola en un mar sin fondo. Apenas escuchaba el propio corazón golpeándole en los oídos.
Luego, un chasquido metálico quebró la negrura. Las luces parpadearon una vez, y en ese destello vio a Isla suspendida todavía en la camilla, los tubos vibrando