Marina no tuvo más remedio que aceptar que, en parte, sí, sí tenía ganas de salir con Efraín. No lo quería reconocer, le costaba hacerlo sin sentirse culpable, pero ella quería saber lo que era ir a cenar, quería volver a repetir esa maravillosa sensación de verse reflejada en los ojos de alguien.
Le había gustado esa rara sensación de sentirse bonita; quería sentirse atractiva, quería experimentar eso que hacía muchos años había dejado atrás, eso de lo que solo se había conformado por un mes a