Aquí no había escoltas, seguridad en la entrada del portón, aquí no había cámaras instaladas por toda la casa; este era el hogar normal de una familia normal.
—¡Marina! ¡Por Dios! ¡Abre la puerta! —se escuchó la voz desesperada de Lina.
Aquello le devolvió el alma a la pobre mujer, pues sus miedos se disiparon en un abrir y cerrar de ojos. Sin pensarlo más, abrió la puerta y se topó con la enorme silueta de Patrik sosteniendo bolsas con comestibles y Lina con cosas para cenar.
—¡Dios, mujer,