Al poco rato de que Patrik bajó a la cocina, la casa se inundó del delicioso aroma a café recién hecho. El estómago de Lina rugió y no pudo evitar querer bajar, así que, a pesar de tener toda la flojera del mundo, lo hizo. Cada escalón era un logro, pues sus piernas se sentían como si fuesen de gelatina.
Casi llegaba a la planta baja cuando el timbre sonó y Patrik fue a abrir; la comida había llegado. Ella, al ver la bolsa de pan, sonrió.
Aquella sonrisa le pareció algo interesante a Patrik; L