Sebastián llegó a casa y fue recibido por los gritos de alegría de las niñas, esas que minutos antes se habían hecho presentes en su mente.
—¡Señor Escalona! ¡Ya llego! ¡Sí! ¡Vamos a cenar! —dijo Diana con alegría mientras se lanzaba hacia el hombre.
Renata observaba la escena y hoy en particular, se sentía extraña pero feliz. Hoy miraba a aquel hombre y no podía evitar sentirse rara, más cuando por la tarde, a la hora de la salida, vio lo unidos que eran los papás de Gio; ellos sí parecían u