Tan pronto como la Ciudad de México se cubrió con los primeros rayos del sol, Dante Montemayor bajó las escaleras; ya alistado para ir a la oficina del Grupo Montemayor, se dirigió al comedor, donde suponía que ya debía estar listo su desayuno.
Al entrar al comedor, se topó con una presencia que no esperaba: su pequeña nieta, Renata Montemayor, ya estaba alistada para el colegio, bien peinada y sentada desayunando en el comedor.
El hombre, al momento, puso cara de pocos amigos; no entendía nad