Doña Eugenia sentía que el alma se le iba, sentía que el corazón se le rompía; su niña, su pequeña, su viva imagen se le iba. Sus otras dos desconsideradas hijas siempre la hacían a un lado y la hacían pasar cada disgusto, pero su Paulina no, ella no.
Ella, tal como cuando llegó a este mundo, ella llegó a completarlo, llegó para que no se sintiera sola, pero hoy que se volvía a ir, le rompía el corazón.
Ella no lo decía abiertamente, pero de sus tres hijas, consideraba que Paulina era la mejor;