Elena
La noche no terminó con aplausos ni con música resonando en mis oídos. Terminó en silencio, como una vela que se apaga después de haber ardido demasiado brillante durante demasiado tiempo.
Tras agradecer una última vez al señor Bernard y a su esposa, el salón de baile se vació lentamente. Las risas se convirtieron en educados despedidas, los tacones resonaron con menos frecuencia contra los suelos de mármol y la orquesta recogió sus instrumentos como si la magia nunca hubiera existido.
Lucien posó la mano ligeramente en la parte baja de mi espalda mientras salíamos, guiándome como solía hacerlo. El gesto era tan familiar que casi dolía.
El trayecto de vuelta al hotel fue casi completamente silencioso.
Me senté junto a la ventanilla, con la frente apoyada ligeramente contra el cristal frío, observando cómo Miami se difuminaba en rayas doradas y blancas. Las farolas pasaban como pensamientos fugaces: brillantes y luego desaparecidas. Mi reflejo me devolvía una mirada tenue desde e