Elena
Me quedé mirando la pantalla de mi portátil sin leer una sola palabra de lo que había en ella.
El correo había estado abierto durante quince minutos. Lo sabía porque la marca de tiempo en la esquina de la pantalla no había cambiado de forma significativa desde la última vez que registré que la miraba, y las palabras seguían exactamente tan ajenas y sin procesar como cuando abrí el mensaje por primera vez. Mis dedos flotaban sobre el teclado, sin teclear, sin moverse, suspendidos en esa qu